CUENTO: EL DALE DALE

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Eutimio era uno de esos seres desheredados, a los que la vida había tratado siempre mal. Desde su infancia, que había transcurrido en un hogar en el que las carencias parecían juntarse en forma de un universo desafortunado y cruel, Eutimio podía contar como muy escasos, los instantes de felicidad que le había tocado vivir en su larga, cansada y triste vida. Había llegado a una vejez carente de todo y en todos los sentidos. La soledad acompañada, se había convertido en su entorno cotidiano. Su vida giraba alrededor de un universo que lo era todo para él; la antigua parroquia del Señor del Gran Poder, la plazoleta adjunta a esta iglesia y el mercado aledaño. Ese reducido rincón de la ciudad de Miraflores, era su mundo y su única fuente de vida y razón de ser. Después de haber probado suerte en mil y un oficios, de los que terminó siempre corrido, había acomodado su triste realidad a ser lo que popularmente se le llama un “Dale Dale”. El mercadito, con sus puestos de comida, concentraba en su entorno un nutrido grupo de automovilistas que iban y venían a diario. Y el viejo y cansado Eutimio, se había construido un modus vivendi con una roja y estropeada franela que agitaba al aire para dirigir a quienes entraban o salían de los cajones de estacionamiento de la zona al compás de su grito de: – ¡Dale, dale!, y que le regalaban alguna moneda que le permitía comer ese día. 

Muy cerca del lugar, en los grandes patios de maniobras de lo que, en otro tiempo había sido la estación de los ferrocarriles, había varios vagones abandonados; y uno de ellos, servía a Eutimio para pasar las noches y no dormir a la intemperie. A su provecta edad, un espacio donde dormir, constituía una de las fortunas más grandes de esta vida, y un vagón de carga, herrumbroso, pero entero, era casi como una alcoba real. Con algo de zacate seco, unos sacos viejos de rafia, y un viejísimo cobertor, Eutimio se había hecho un lecho en el interior del vagón, que él consideraba, que entre ese su dormitorio y el catre de campaña de Napoleón, no había diferencia considerable alguna. Cuando los últimos clientes de las fondas del mercadito se iban retirando, Eutimio contaba sus monedas, usaba algunas para comprar algún mendrugo ahí mismo, que el humano, compasivo y sensible corazón de Doña Eufrasia se encargaba siempre de que su precio ajustara al importe de sus escasas monedas, y con una piedad infinita lo sentaba en la cocina junto al fogón, y le daba algo de beber para acompañar la frugal cena. Terminada ésta, Eutimio desaparecía por la calle, en camino a su vagón, para descansar y reanudar al día siguiente esta interminable rutina de su triste existir. 

Su sucia y desarreglada figura, se había vuelto parte cotidiana del paisaje, los clientes frecuentes de las fondas y el mercadito, lo identificaban ya, y hasta algunos lo llamaban con el diminutivo cariñoso de Timo. – Buenos días Don Felipe, ¿vino usted por los periódicos?– Así es Timo, vigila mi coche mientras 

regreso, y le lanzaba al aire una moneda que Eutimio pescaba al vuelo. – Doña Carmelita, el puesto de Virginia tiene hoy unas coliflores como a usted le gustan. – Muchas gracias Timo, voy por unas. Cuida mi camioneta. Y unas monedas eran puestas en su mano, y Eutimio se quitaba la gorra en señal de respeto y agradecimiento. Así, de esa manera sencilla, estaba constituido el universo de Eutimio, y así, era relativamente feliz, a su sencilla y pobre manera. Al mediodía, Doña Eufrasia lo llamaba y le decía: – Vente Timo, me quedó un poco de mondongo kabik de los desayunos, toma, come un poco, para que aguantes el calorón de la tarde y en la noche estés listo para los que lleguen a cenar. Y Eutimio comía con buen apetito, y acompañaba el guiso con unas tortillas y un helado vaso de machacado de alguna fruta, que el generoso corazón de Doña Eufrasia le daba con tan buena voluntad. 

Una tarde de abril, el inclemente sol de Miraflores estaba que partía piedras. Eutimio se había desabotonado la camisa, que de tan vieja y tan sucia, lucía de un color pardo, un tanto indefinido. Sus pies hinchados, parecían ser cortados por los tirantes de sus chanclas de pata de gallo. Se sentó en una de las bancas de la plazuela, y luego se acostó ahí mismo. Adquirió una posición fetal y se quedó dormido en el terrible calor de la tarde. Una plácida sonrisa iluminaba su viejo rostro. En un momento, el sufrimiento de Eutimio se cambió por una gran placidez, parecía como si flotara en medio de suaves nubes, parecía estar escuchando una bella música que le alegraba el alma. De pronto, una de sus manos se extendió y quedó flotando al vacío. Al caer la noche, algunos curiosos se fueron arremolinando alrededor de la banca, alguien llamó a la policía, llegó también una ambulancia. Lo subieron a una camilla y se lo llevaron. 

Al día siguiente, el periódico “La Voz de Miraflores” daba cuenta de que, en la plazuela del Señor del Gran Poder, se había encontrado el cadáver de un indigente desconocido. Nadie se había presentado a identificar el cuerpo, nadie había reportado algún desaparecido. La vida siguió su curso y nadie echo de menos a Eutimio, el Dale Dale. 

Por: Ariel Avilés Marín.

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