CUENTO: LA MAESTRA DE BALLET

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Ana Fiodorovna Molenzko, había logrado con gran esfuerzo y talento escalar un lugar en el Ballet Imperial de San Petersburgo, y era ya una de las solistas del cuerpo de baile de la prestigiada compañía de danza clásica, una de las más famosas del mundo. En 1917, la compañía había salido a una larga gira de presentaciones por varios países de América, la más importante en Nueva York. Hasta esa gran urbe de hierro, llegaron las noticias de los hechos violentos que habían acontecido en su lejana patria, las noticias cayeron como un baño de agua helada sobre el alma de Ana, y la joven bailarina tomó una determinación; una noche, después de una función triunfal, salió del teatro y se perdió en la obscuridad por esas calles de Nueva York. Después de una serie de sucesos azarosos, la joven Ana se vio en la ciudad provinciana de Miraflores, y se encontró con que en ella, el ballet era prácticamente desconocido; aquello, lejos de incomodarla, le causó un gran entusiasmo, pues ponía ante su vida un panorama interesante, la posibilidad de ser la pionera de este arte en aquel lugar, y el hecho de que su enseñanza podría ser un confortable modus vivendi. La visión de Ana resultó profética, y con el tiempo su academia de ballet clásico cobró prestigio, y de ella fueron saliendo muchas generaciones de ejecutantes y no pocas maestras de nuevas generaciones, logrando hacer del ballet una tradición de Miraflores. 

Eunice Beltrán Gómez, era una niña de apenas cuatro años, cuando su madre, Doña Clementina Gómez y de la Parada, la llevó a la academia de Ana, “la gran maestra rusa”, como se le acostumbraba llamar en Miraflores. Desde el primer instante, entre Ana y Eunice se hizo un contacto interior de esos que se vuelven indisolubles a lo largo de la vida. Si bien, antes de Eunice, varias alumnas habían conquistado el ánimo y el corazón de Ana, el talento natural de Eunice puso ese elemento mágico que le dio el plus que la llevaría a convertirse en la discípula amada de la reconocida maestra, así como para Eunice, Ana se convertiría en maestra de danza y de vida. Muy pronto, la talentosa niña fue destacando en el arte de Terpsícore, y aun siendo pequeña, ya iba desempeñando papeles de cierto nivel en las puestas de obras completas, que la destacada mentora presentaba dos veces al año, y nada menos que en el Gran Ateneo de Miraflores, la catedral de la cultura de la ciudad. En el escenario, el público se había fijado y aclamado a la pequeña amiga de Swanilda, en la puesta de Coppelia. En la presentación de La Fille mal Gardée, el respetable había dedicado una salva de aplausos a la pequeña amiga de Lisette. Así que, la carrera de Eunice como ejecutante de danza clásica, fue aclamada desde sus inicios. 

Cuando Ana toma a Eunice como su discípula en la academia, la maestra era ya una mujer que estaba rebasando la edad madura, pero que conservaba el vigor y la energía necesarios para formar a nuevas ejecutantes de danza con un nivel de 

calidad superior. En esos momentos, ya varias de las academias de sus propias alumnas, rivalizaban en calidad con la de Ana, y la mentora estaba consciente de qué tan necesario era para ella, mostrar al público de Miraflores, una nueva figura salida de su estudio. Por eso, Ana no escatimó esfuerzo alguno para dedicar a Eunice el tiempo necesario y más, para darle una formación completa y lo más perfecta posible. Los afanes de Ana se vieron coronados, pues Eunice recogió hasta la última gota del amplio saber de Ana, y esto la fue llevando muy lejos en el mundo de la danza. Una tarde, Eunice llegó al local de la academia, y anunció a la maestra: – Me han concedido una beca, y me voy a La Habana, a cursar estudios con Alicia Alonso. El corazón de Ana rebozó de felicidad y las lágrimas corrieron abundantes por su rostro; Ana y Eunice se fundieron en un largo abrazo y la buena y generosa maestra se despidió de su discípula amada deseándole todo tipo de parabienes. 

La carrera de Eunice fue en ascenso, su estancia en La Habana fue muy fructífera, pues los mejores maestros de danza clásica le dieron una sólida formación, no sólo Alicia y Fernando Alonso fueron sus mentores, también pasó por las clases de Mirta Pla, Josefina Méndez, Aurora Bach y Loypa Araujo; así que tuvo una formación más que completa y de calidad superior. Las cartas de presentación adquiridas en Cuba le abrieron las puertas de grandes compañías y en un lapso bastante breve se convirtió en una primera figura internacional del ballet. Un día, Eunice sintió en el fondo del alma un sentimiento de nostalgia que se fue haciendo más y más profundo cada día, había llegado el momento de retornar al terruño, el recuerdo de Miraflores le tocaba el corazón y le hacía albergar el deseo de volver a su lugar natal. – ¡Claro! – Meditaba – y ahí puedo dedicarme a enseñar a nuevas generaciones. Así que, sin pensarlo mucho se puso en camino a Miraflores. Al llegar ahí, la esperaba en el aeropuerto, Doña Clementina, su madre. Al salir a la sala de espera, madre e hija se fundieron en un largo abrazo, y en seguida se pusieron en camino para su casa. En el camino, una duda asaltó el alma de Eunice: – Mamá, ¿y Ana, todavía vive? Y si vive ¿Cómo está? – Claro que vive, cariño, está ya muy viejita, como es natural, se ha retirado y vive en una casona dónde renta un pequeño espacio en el cual vive un poco reducida, pero con confort y dignidad. Todo el mundo la quiere mucho y la van a ver muy a menudo, nunca está sola, y siempre está oyendo música de ballet. 

Eunice se instaló en Miraflores y abrió su academia de ballet, la cual tuvo un gran éxito, como consecuencia de la fama que precedía a la maestra. Y, desde luego, su consejera y consultora era Ana, su amada maestra. Para cualquier examen o festival, Eunice iba por Ana, quien en lugar de honor presidía siempre. Ana, a su retiro, se había instalado en dos amplias piezas de una gran casona junto a la plaza del Espíritu Santo, ubicación que le permitía resolver todas sus necesidades, 

pues tenía casi en frente mercado, parque y el templo. Su estancia estaba acomodada con una gran eficiencia, en la primera pieza estaban sala y comedor, entre uno y otro espacio tenía una gran consola de la marca Phillips, y un mueble disquero repleto de discos de treinta y tres revoluciones, y junto a estos, una gran poltrona acojinada, de esas de tipo inglés, de las orejonas, donde se sentaba largas horas a escuchar todas las obras que habían sido de su repertorio, junto a la poltrona, una pequeña mesa redonda donde su asistente le servía sus tazas de té, y donde había una pequeña macetera de porcelana con violetas siempre floridas. En la otra pieza, estaba su dormitorio y el baño. Engracia, que así se llamaba su asistente y acompañante, colgaba su hamaca junto a la cama de Ana, y así estaba pendiente de ella por la noche. 

Eunice, llegaba ahí con mucha frecuencia, y le llevaba a Ana las cosas que sabía que le gustaban, como un buen pan o galletas finas, para acompañar sus tazas de té. Una tarde, Eunice se pasó platicando con Ana hasta entrada la noche, se despidió y la dejó sentada oyendo la Suite del Lago de los Cisnes. En la parte más emotiva del tema de la obra de Tchaikovsky, Ana cerró los ojos y se dejó volar con la imaginación, la intensa música la transportaba a los grandes escenarios dónde sus triunfos de antaño le hacían que el pecho se agitara con gran fuerza. El teléfono de casa de Eunice sonaba con gran insistencia. Eunice levantó la bocina y escuchó la voz de Engracia: – ¡Niña Eunice, venga usted por favor, Ana no despierta! Rápidamente, Eunice se dirigió al departamento de Ana. Al llegar, la encontró suavemente recostada en su poltrona, en su rostro había una plácida sonrisa. Miro a la mesita, y vio que los pétalos de las violetas estaban regados sobre su tabla. Eunice, ordenó todo lo necesario para los funerales de Ana. Salió de la estancia llevando la macetera de violetas, estaba segura que, bajo sus cuidados, las violetas volverían a dar flores. 

Por: Ariel Avilés Marín.

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