CUENTO: UNA LIRA CANTANDO EN SOLEDAD

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Lucila Caupolican Valdivia, era una reconocida poeta de Miraflores. Su labor en las letras era tan reconocida como su importante labor como educadora. Su larga trayectoria como maestra en pequeños pueblos olvidados del mundo, había dado a su pluma material para su sensible creación que había pintado realidades, tiernas las unas, y dolorosas las otras, todas de una profunda sensibilidad. La vida de Lucila, había corrido de dolor en dolor, era una gente a cuyo paso, poco había sonreído la fortuna. El amor, había llegado a su vida, saliendo de su corazón para entregar éste a sus pequeños discípulos, pero el amor, pasión arrebatada, nunca había tocado a su puerta. Su existencia había transcurrido en una sencilla serenidad. Mujer de hogar de clase media, había disfrutado de una unión, en el seno del mismo, profunda y entrañable. Su familia nuclear estaba compuesta por sus padres y una única hermana llamada Amelia. Y todas estas circunstancias dieron a su creación poética un carácter muy bien definido, sencillo y dotado del espíritu del hogar y de los niños. 

Maestra de vocación, desde muy joven, se lanzó a los pueblos más desheredados para llevar a esos niños marginales la semilla de un amor que entregaba a raudales cada día. Su convicción y vocación, le hicieron siempre integrarse a todos los pueblos dónde desarrollo su labor docente, y en cada caso, su familia había acompañado con su presencia su labor educativa y cívica, en cada comunidad. Así, mamá, papá y Amelia, no habían dudado cada vez en levantar la mudanza y cambiar su residencia al pueblo al cual Lucila hubiera sido enviada a fundar escuelas y llevar la luz del saber a los que menos tenían entre los pobres. Así, esta vida ejemplar, recogió en el fondo de su sensibilidad, todas sus vivencias y las fue transformado en una poesía sensible que variaba, desde la candidez delicada, hasta la pasión que la indignación por las desigualdades, le dictaba su conciencia, y ella transformaba en metáforas e imágenes de gran calidad literaria. Con el paso del tiempo, su poesía fue encontrando cabida en el interés de algunas editoriales, y un año sí y otro también, sus poemas se fueron agrupando en libros que fueron conquistando al público lector de Miraflores, y luego se fue dando a conocer más allá de sus límites, hasta hacerse una voz con un lugar en las letras nacionales. 

Su poesía sencilla y sensible, le fue conquistando reconocimientos y premios, y éstos siempre fueron compartidos por su familia. El tiempo, que es la substancia de la que está hecha la vida, sigue su marcha sin detenerse nunca; y la vida de Lucila no fue la excepción. Y esta ley de la vida se llevó, primero a papá y unos años después, también a mamá. Lucila y Amelia, se refugiaron la una en la otra, y muy pronto, su amor encontró un motivo para volcarse, poco a poco, a su casa se acercó un pequeño gato, que encontró amorosa acogida por el cariño de las 

hermanas; muy pronto, a este felino se unió otro y otro más. Muy pronto, las hermanas compartían su hogar con una variada tropa de felinos de los más variados tipos. Había en la casa y el jardín gatos de esos rayados, popularmente conocidos como tabbys, que eran de los más variados colores; también los había de pelo largo, de los llamados turcos o de Angora, y otros de larguísimo pelo y muy chatos, gatos persas; y no podían faltar los graciosos y esbeltos orientales, de esos llamados gatos siameses; todos sin excepción gozaban del amor de Lucila y Amelia, y al que ellos correspondían con su compañía y amor, que se manifestaba en profundos ronroneos, al ser acariciados y apapachados por las hermanas. 

Una triste tarde, Amelia pasó de un sueño a otro, y se quedó inmóvil en una mecedora del corredor, con un libro de poesía sobre su regazo. Su pálido rostro tenía una expresión de serena tranquilidad, cómo correspondía a un alma buena. Para Lucila, esta pérdida significo un dolor muy profundo que se plasmó en nuevos poemas en los que el corazón sangrante se dejó sentir a plenitud. A partir de ese triste y terrible momento, los gatos se convirtieron en el motivo y pasión de su vida. Sus poemarios siguientes tuvieron a sus amados felinos como protagonistas. Podría decirse que, Lucila había descubierto el alma de los gatos, y esta había quedado plasmada en sus últimos libros. Como era natural, después de tantos años de servicio en la docencia, Lucila gozaba ya de merecida jubilación, pero su pluma seguía corriendo por las páginas con gran soltura. Su casa, era poblada por su enorme comunidad felina, que lo mismo dormían plácidamente en el jardín, que se arrollaban sobre las páginas escritas sobre la mesa de la biblioteca. Cuando Lucila escribía, nunca faltaba junto a su hombro, algún minino que parecía seguir el curso de su escritura con gran interés. 

Un día, la comunidad cultural de Miraflores, decidió que había que hacer un gran homenaje a la poeta de la ciudad, que tantos premios y reconocimientos había aportado a la cultura local. Así, después de una reunión multitudinaria, se tomó el acuerdo de llevar a cabo este homenaje en el principal coliseo cultural de la ciudad, el “Gran Ateneo de Miraflores”. Se nombró una comisión que fuera a visitar a la poeta, para anunciarle la decisión y ponerse de acuerdo con ella para ir a buscarla la noche del evento. Se convocó a las autoridades, y todos estuvieron de acuerdo con lo justo del reconocimiento. La gran noche llegó, y la comisión nombrada se apersonó a casa de Lucila para llevarla al centro cultural. La sentaron en un presídium con las autoridades, en una alta poltrona forrada de gobelino. Una orquesta de cámara puso la nota musical de la noche, y una pareja de distinguidos actores, de excelente dicción, hizo la lectura de una selección de sus más conocidos poemas, y los miembros, más destacados representantes de la cultura local, hicieron semblanzas y ensayos sobre su vida y su obra. Fue una 

noche de brillo y de lucimiento al que Lucila no estaba acostumbrada ni le agradaba. 

Al fin, el evento llegó a su fin, y todo mundo se despidió de la poeta deseándole lo mejor en su vida. Al final, un secretario de alguien, fue quien se quedó para llevarla de vuelta a su casa. En el trayecto, ni Lucila ni él encontraron algún punto en común sobre el cual platicar, de manera que la ruta transcurrió en un pesado silencio incómodo. Llegaron a su casa, Lucila se bajó del coche y se despidió del chofer amablemente. Sacó sus llaves de su bolso y abrió la puerta y entró a su casa. En el interior, en su casa y su mundo, Lucila avanzó en la obscuridad, entre el silencio de la noche, arropada por la soledad en la que canta su lira, y rodeada por el amor sin condiciones de sus gatos. 

Por: Ariel Avilés Marín

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